El doctor Pablo Lacoste, en una reciente nota publicada en Mendoza Post, recuerda que la Fiesta Nacional de la Vendimia cumple noventa años. El número, que para la aritmética es trivial, para la memoria colectiva posee algo de prodigio. Noventa años significan que una ceremonia que acaso comenzó como un gesto político ha conseguido atravesar generaciones, gobiernos, entusiasmos y olvidos.
Toda tradición es, en cierto modo, una invención paciente. Las naciones, como los hombres, necesitan imaginar sus símbolos antes de reconocerlos.
Alejandro Aruj.
En 1936 gobernaba Mendoza Guillermo Cano. A su lado trabajaba su ministro de Obras Públicas, Frank Romero Day. Firmaron un decreto “el número 87” que instituyó formalmente la fiesta.
Pero sería un error pensar que la fiesta nació de ese decreto.
Los decretos organizan la realidad; rara vez la crean.
Lo que ellos hicieron fue algo más sutil: ordenar una emoción colectiva.
La época no era propicia para celebraciones. El mundo aún estaba bajo la sombra de la Gran Depresión y la vitivinicultura mendocina sufría sus consecuencias. Sin embargo, tal vez en tiempos de incertidumbre los pueblos sienten más intensamente la necesidad de narrarse a sí mismos.
Se dice que toda historia necesita una leyenda, que Cano y Romero Day habían observado en Italia ciertas celebraciones populares vinculadas a la cosecha. Aquellas fiestas, nacidas en aldeas y plazas, habían sido adoptadas por los poderes públicos y transformadas en espectáculos donde el pueblo se reconocía. Allí comprendieron algo que no siempre es evidente: una fiesta puede ser también una forma de pensamiento político.
Porque una fiesta no es sólo música ni danza. Es una narración. En ella un pueblo cuenta su origen, su trabajo y sus esperanzas. El vino, que para los griegos fue metáfora del dios Dionisio, para los mendocinos es también una metáfora de la tierra, del esfuerzo y del tiempo.
Así comenzó la Vendimia
Con los años, otros hombres a quienes podríamos llamar soñadores administrativos continuaron la obra. Entre ellos el gobernador Rodolfo Corominas Segura, quien en 1940 confió al arquitecto Daniel Ramos Correas la dirección de Bosques y Parques. De esa colaboración surgiría un escenario singular: el Teatro Griego Frank Romero Day.
Es curioso pensar que entre la primera Vendimia oficial y la inauguración de ese teatro monumental pasaron apenas veintisiete años. El tiempo histórico suele ser lento; a veces, sin embargo, se acelera como si obedeciera a una voluntad secreta.
Desde entonces, cada año, miles de personas se reúnen allí para presenciar un espectáculo que es a la vez teatro, rito y memoria. El pueblo celebra el vino, pero también se celebra a sí mismo.
El doctor Lacoste recuerda en su análisis algo que quizá conviene no olvidar: las tradiciones viven mientras conservan su intensidad. Cuando se repiten sin imaginación, se convierten en una sombra de sí mismas.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de la Vendimia: innovar sin traicionar el mito que la hizo posible.
Porque toda tradición como los libros infinitos de las bibliotecas imaginadas corre el riesgo de convertirse en un mero archivo si dejar de ser vivida.
La Vendimia, después de noventa años, sigue siendo una pregunta abierta en el tiempo.
El autor es profesor de la UNCuyo - Facultad de Artes Carrera Licenciatura en Diseño Escenográfico y dicto la Cátedra Estructuras Escénicas y Macro Montaje de Espectáculos