El universo de las artes visuales ha perdido a uno de sus faros más luminosos y disruptivos. Julio Le Parc, el creador mendocino que desafió los cánones de la pintura estática para someter el espacio, el color y la luz a las leyes del movimiento, falleció en su mítica residencia de París. El deceso del maestro se produjo tras afrontar un progresivo deterioro en su estado de salud, el cual en el último tiempo había limitado sus históricos y enérgicos viajes transatlánticos. La noticia conmueve especialmente a la escena cultural global, ya que restaban apenas días para que la prestigiosa Tate Modern de Londres inaugurara una colosal muestra retrospectiva en su honor.

Nacido el 23 de septiembre de 1928 en el distrito de Palmira, en el departamento mendocino de San Martín, Le Parc forjó su camino desde una infancia de profunda humildad. Su traslado a Buenos Aires le permitió ingresar a las prestigiosas escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón, donde comenzó a madurar una rebelión estética contra el academicismo tradicional. En 1958, una beca del Servicio Cultural de la Embajada de Francia le abrió las puertas de París, metrópoli que adoptaría como su hogar definitivo y desde donde proyectaría una vanguardia que reescribió la historia del arte contemporáneo.
Fue en la capital francesa donde cofundó el histórico Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), un colectivo que abrazó la premisa de democratizar el acceso estético y desmitificar la figura sagrada del artista solitario. Las instalaciones lumínicas de Le Parc, sus laberintos de espejos, sus móviles de plexiglás y sus superficies vibrantes no buscaban la contemplación silenciosa, sino la provocación directa. Bajo su filosofía, una obra no estaba terminada hasta que el espectador interactuaba con ella, modificándola con su propio andar, su sombra o su tacto. Esa búsqueda colectiva y lúdica lo coronó internacionalmente en 1966 con el codiciado Gran Premio Internacional de Pintura de la XXXIII Bienal de Venecia.

A lo largo de más de siete décadas de producción incansable, las creaciones de Le Parc conquistaron los santuarios artísticos más imponentes del planeta, incluyendo las colecciones permanentes del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y el Centro Pompidou de París. En paralelo, su tierra natal jamás interrumpió el idilio con su figura: fue condecorado en su país con el Konex de Brillante en Artes Visuales y el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes. Con su partida, el arte óptico pierde a su máximo arquitecto, pero sus artefactos interactivos continuarán titilando en los museos del mundo, recordando que la belleza es, ante todo, una experiencia viva y compartida.