Mendoza y su conformismo con la mediocridad

La conformidad social con la mediocridad no es un fenómeno nuevo. La literatura, la filosofía y la sociología la han retratado una y otra vez como una forma de renuncia colectiva.

ANALISIS

Hay sociedades que castigan la decadencia y hay otras que, terminan administrándola como si fuera una fatalidad inevitable.

Mendoza parece haber ingresado, lentamente, en esta última categoría: una provincia donde el desgaste moral y político de sus dirigentes ya no produce una reacción colectiva proporcional, sino una resignación cansada que habilita el reemplazo de un dirigente cuestionado por versiones apenas más prolijas —o más obedientes— de la misma mediocridad.

La conformidad social con la mediocridad no es un fenómeno nuevo. La literatura, la filosofía y la sociología la han retratado una y otra vez como una forma de renuncia colectiva.

Etienne de La Boétie en el “Discurso sobre servidumbre voluntaria” (1574)  se preguntaba: ¿cómo podemos concebir que un pequeño número obligue a todos los demás ciudadanos a obedecer tan servilmente como ellos?

Por su parte, José Ortega y Gasset en su obra “La rebelión de las masas” (1927), sostenía que el problema siempre había sido el mismo: cuando una sociedad pierde la voluntad de exigir excelencia, termina aceptando administradores del deterioro como si fueran inevitables.

La filósofa Hanna Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén (1963) acuñó el concepto “banalidad del mal” que apunta justamente a cómo personas comunes terminan tolerando mecanismos injustos como parte de la rutina social.

El dirigente político Antonio Gramsci explicó —en Cuadernos de la Cárcel (1929-1935)- que el poder no se sostiene sólo por coerción, sino por “hegemonía cultural”, cuando las ideas dominantes logran que amplios sectores acepten como inevitables, situaciones contrarias a sus propios intereses.

En Mendoza, el fenómeno adquiere una dimensión particularmente alarmante. Después de años de concentración de poder, desgaste institucional y un descrédito creciente —ganado por mérito propio— del cornejismo, lo lógico sería esperar la aparición de dirigentes capaces de ofrecer una reconstrucción política seria, una mirada renovadora, una vocación de grandeza pública.

Sin embargo, el sistema parece devolver exactamente lo contrario: candidaturas previsibles, figuras tibias y menores, dirigentes fabricados dentro de la lógica del marketing y la obediencia.

La tragedia no es sólo que aparezcan nombres como Luis Petri, Ulpiano Suarez o Andrés “Peti” Lombardi —expresiones distintas de una misma pobreza conceptual e ideológica—, sino que una parte importante de la sociedad parezca dispuesta a aceptarlos sin resistencia alguna.

Y dicha pasividad, se reproduce en otros planos. Así, acepta dócilmente que sean jueces, funcionarios que nunca han ejercido la abogacía o que, ocupen el cargo de ministros personas sin experiencia en el área en la que son designadas; en un claro “…da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón…”

Todo ello, como si la ciudadanía mendocina hubiese reducido sus expectativas históricas al mero objetivo de encontrar un administrador menos torpe que el anterior.

El problema de las sociedades resignadas es que terminan confundiendo moderación con pequeñez, pragmatismo con mediocridad y gobernabilidad con obediencia.

Se instala entonces, una cultura política donde ya no se discuten proyectos de provincia, modelos de desarrollo o visiones institucionales profundas. Apenas se debate quién administra “menos mal” el aparato estatal; quién “construye mejor el relato” o, quién “maneja la agenda pública” o finalmente, quién “logra mayor penetración discursiva”.

La decadencia nunca llega de golpe. Primero, desaparecen las grandes discusiones. Después,  se extinguen los liderazgos con densidad intelectual. Finalmente, la sociedad deja de escandalizarse ante la pobreza político-institucional de quienes aspiran a gobernarla o juzgarla.

Y quizás allí esté el núcleo del problema mendocino actual: no, en la existencia de dirigentes mediocres o funcionarios incompetentes —que existen en todas las democracias—, sino en la naturalización colectiva de esa mediocridad como techo posible de la vida pública.

Porque cuando una sociedad deja de exigir altura, termina gobernada por hombres pequeños.

Y los hombres pequeños jamás construyeron provincias grandes…

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