Una historia que no debe terminar: “El Fondo de Transformación y Crecimiento”

Hay solución para nuestra banca de fomento. No es sencillo. Implica recuperar una lógica fundacional: pensar Mendoza a 30 o 40 años, volver a estar al lado de quienes eligen vivir y producir en esta provincia.

ANALISIS

“La superación del subdesarrollo de América Latina resultará de la acción simultánea de diferentes políticas y estrategias. En todo caso, y cualesquiera sean los caminos elegidos, el acceso a una sociedad moderna —que es uno de los objetivos que se pretenden alcanzar por el desarrollo— supone necesariamente una acción decisiva en el campo de la investigación científico-tecnológica. Lentamente, América Latina comienza a adquirir conciencia de esta necesidad y de esta carencia; lentamente y casi a regañadientes: quedan todavía muchos funcionarios que creen que la investigación es un lujo para los países desarrollados y muchos empresarios que circunscriben su función a adquirir patentes y pagar royalties. Todos aquellos que adoptan esta actitud pasiva olvidan que la nación que descarte esta tarea corre el peligro de quedar marginada de la historia, ignorando el lenguaje de los países científica y técnicamente más avanzados y ostentando los viejos atributos de la soberanía como meros símbolos formales, vigentes, quizá, en un pasado que definitivamente terminó”.

Así comienza un trabajo realizado en 1970 por Mario Sábato y Natalio Botana, “La ciencia y la tecnología en el desarrollo futuro de América Latina”, comúnmente denominado el triángulo de Sábato.

Dicho triángulo plantea la articulación entre tres sectores que muchas veces tienen visiones diferentes y toman decisiones en sentido contrario, y que hoy incluso son estigmatizados desde una de esas miradas. Estos sectores son la estructura productiva, la infraestructura científico-técnica y el Estado, todos actuando con conexiones e interacciones. En criollo, se trata de un ida y vuelta permanente entre las empresas, el gobierno y la ciencia y la técnica.

A su vez, debe darse un entorno de desarrollo armónico, de crecimiento equilibrado y sostenible, que articule el progreso social, la preservación ambiental y la producción de riqueza con equilibrio territorial. No alcanza con crecer: es necesario hacerlo con un sentido.

Para que esta discusión técnica llegue efectivamente a la estructura productiva, debe existir —a mi juicio— un componente clave: adecuadas fuentes de financiamiento. Solo así los desarrollos tecnológicos pueden alcanzar a todo el entramado productivo; de lo contrario, quedan concentrados en las grandes empresas, abriendo una brecha cada vez mayor con las PyMEs en términos de tecnificación y calidad de productos para los consumidores.

Democratizar el acceso a la tecnología implica, necesariamente, contar con líneas de financiamiento adecuadas para las PyMEs, con tasas y plazos acordes y con una clara orientación a la generación de empleo. Sin financiamiento, la innovación se vuelve privilegio; con financiamiento, se transforma en herramienta de desarrollo.

En Mendoza, a fines del siglo pasado, estábamos lejos de que funcionara el triángulo de Sábato. Sin embargo, una decisión política acercó un elemento fundamental: el financiamiento a la estructura productiva, industrial y de servicios, a través del Fondo para la Transformación y el Crecimiento (FTyC).

Este financiamiento, en sus inicios, fue concebido para el desarrollo de nuevas empresas y proyectos productivos, con una visión de futuro orientada a ampliar mercados e incorporar tecnología. Con el tiempo, fue ampliándose progresivamente, incorporando distintos instrumentos de crédito y acompañando la evolución de la economía provincial.

Así nacieron líneas de protección de cosechas mediante malla antigranizo, sistemas de riego tecnificado, emprendimientos turísticos, nuevas implantaciones y mejoras tecnológicas. El capital de trabajo se canalizaba a través de préstamos de cosecha y acarreo, prefinanciación de exportaciones y compra de insumos para la industrialización. Cada herramienta respondía a una necesidad concreta del territorio.

Con muy buen criterio, la lógica del financiamiento se expandió hacia la creación de nuevas herramientas, como Cuyo Aval y Mendoza Fiduciaria, ampliando las posibilidades de crecimiento y acceso al crédito para los mendocinos. A través de este esquema, se articulan distintos instrumentos: el otorgamiento de créditos desde el FTyC, el sistema de garantías mediante la sociedad de garantía recíproca Cuyo Aval y la estructuración de negocios a través de Mendoza Fiduciaria. De este modo, se logró potenciar la rentabilidad de la provincia en su conjunto, consolidando una arquitectura institucional pensada para sostener el desarrollo.

Con la vitivinicultura desplegando su plan estratégico, reconvirtiéndose y contagiando a otras actividades, el sueño mendocino de ser la capital del oeste argentino comenzaba a tomar forma. Incluso llegamos a apoyar, con nuestras herramientas financieras, a otras provincias. Mendoza no solo crecía: proyectaba.

Personalmente, me tocó enfrentar discusiones con funcionarios nacionales para que subsidiaran la tasa de interés de los créditos de nuestro FTyC, ya que consideraban que teníamos la situación resuelta en comparación con otras economías y priorizaban financiar bancos comerciales en lugar de fortalecer nuestra banca de fomento. Una decisión que, vista en perspectiva, revela distintas formas de entender el desarrollo.

A pesar de otorgar crédito a nuevos emprendimientos y a actividades riesgosas —dependientes no sólo de los mercados nacionales y de exportación, sino también de las contingencias climáticas—, la tasa de recupero del FTyC siempre fue superior a la del sistema financiero tradicional, superando el 93% y alcanzando el 97% en varios años. Un dato que habla por sí solo.

Los créditos del FTyC siempre estuvieron orientados a generar empleo, potenciar actividades que consumen localmente y multiplicar el valor de cada peso invertido: mejorar producciones, construir alojamientos turísticos o industrializar el trabajo mendocino. No eran solo créditos: eran apuestas productivas.

Obviamente, el esfuerzo de sostener tasas cero o negativas en contextos de alta inflación implica un proceso de descapitalización. No es un desvío ni un efecto no previsto, sino una condición propia de cualquier banca de fomento que busca promover el desarrollo por sobre la rentabilidad financiera inmediata. Es una realidad inherente a su funcionamiento. Pero eso requiere necesariamente de una decisión sostenida: volver a creer que hay futuro para muchos mendocinos que necesitan un impulso financiero para desarrollar sus proyectos, recapitalizando al FTyC  anualmente a través del presupuesto provincial y destinando, por ejemplo, el remanente de fondos de Portezuelo a este fin. Porque sin capital, no hay política de desarrollo posible.

Es un mito que los pequeños emprendedores o productores puedan acceder a la banca tradicional, así como también lo es afirmar que la macroeconomía está resuelta. En contextos de inestabilidad económica —como los que atravesamos de manera recurrente— es precisamente donde el FTyC cobra mayor protagonismo, y así lo ha demostrado a lo largo de más de 30 años, sosteniendo el acceso al financiamiento para pequeños emprendedores y MiPyMEs cuando el sistema financiero tradicional se retrae. El financiamiento a pequeñas unidades productivas no solo impulsa la actividad económica, sino que evita la concentración y el vaciamiento territorial, sosteniendo empleo, arraigo y desarrollo local en zonas donde el mercado no llega. 

Hay tareas pendientes: seguir incorporando tecnología, digitalizando procesos y mejorando la trazabilidad y eficiencia en la gestión del crédito. En ese camino, también se reconoce un activo muchas veces poco visible pero relevante: el conocimiento acumulado en la evaluación y acompañamiento de proyectos productivos, con una comprensión cercana del entramado local que permite ir más allá de los parámetros tradicionales del sistema financiero. No se trata sólo de modernizar herramientas, sino de consolidar una institución con capacidad para sostener un rol estratégico en el desarrollo de la provincia.

Del triángulo de Sábato poco va quedando: un Estado reducido, una ciencia degradada y empresas que, en lugar de ser entendidas como parte del sistema productivo, son señaladas como enemigas por sus estructuras de costos en un contexto global competitivo. La macroeconomía, hoy, no está alineada con quienes buscan desarrollar pequeños proyectos, sino con quienes pueden acceder a grandes esquemas como el RIGI, que generan impactos puntuales, sin derrame real en gran parte del territorio. Un modelo que concentra en lugar de integrar.

Hay solución para nuestra banca de fomento. No es sencillo. Implica recuperar una lógica fundacional: pensar Mendoza a 30 o 40 años, volver a estar al lado de quienes eligen vivir y producir en esta provincia, sostener la esperanza —que no es ingenuidad, sino decisión—, y asumir que el camino es el trabajo, la construcción de consensos (que no es lo mismo que imponerlos) y la planificación de futuro. Porque sin horizonte, no hay desarrollo posible.

Se trata, en definitiva, de volver a creer que se puede. De reconstruir una Mendoza que hoy parece más pequeña, más indefensa y más fragmentada frente a un mundo dinámico y exigente. Apostemos a construir, no a refuncionalizar para desaparecer.

El autor es ex Director Ejecutivo Fondo de la Transformación y Crecimiento y ex Superintendente General Irrigación

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