Shakespeare y la tragedia infinita del poder
El autor de la columna, Sergio Bruni, realiza una sátira sobre el conflicto que se planteó en la Cámara de Diputados por la banca que se encuentra suspendida. La denuncia de Belén Castillo contra Andrés Lombardi, en clave shakesperiana.
En los confines del viejo Reino de Mendozueth, donde las campanas sonaban más para anunciar intrigas que para llamar a misa, vivía el imaginario príncipe, André Lombar, caballero de modales refinados y trato distinguido. Aunque decían los ancianos que podía jurar una cosa por la mañana y negarla al anochecer sin que le temblara el pulso ni se le moviera la corona.
Una tarde, el escribano Belencast -de esos hombres grises que todavía creían que la palabra “honor” servía para algo más que adornar escudos- presentó una denuncia ante el juez real. Acusaba al príncipe de haber mentido deliberadamente a las gentes del reino sobre asuntos institucionales de la corona.
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El problema no era la mentira.
En Mendozueth todos mentían. Como en Shakespeare, el problema nunca es solo el tirano: el verdadero drama aparece cuando toda la corte aprende a convivir con la mentira. Exactamente eso ocurre en aquel reino que los cronistas confundían con la historia y los poetas con el delirio.
Hay algo profundamente shakesperiano en el príncipe André Lombar. Se parece a los tejedores de conspiraciones, no porque sea un villano caricaturesco, sino porque como ciertos príncipes de viejas tragedias, comprendía que el poder sobrevivía menos por la verdad que por el miedo y la representación. Y cuanto más artificial es esa ficción, más teatral se vuelve su conducta.
Mentían los mercaderes, los sacerdotes, los generales y hasta los poetas. El verdadero problema era que aquella vez la mentira había quedado escrita.
El Rey Malveric, en apariencia corpulento, aunque solo lo era porque su volumen provenía del poder no de su cuerpo. Ocupaba las habitaciones antes de entrar en ellas. Su voz llenaba los pasillos incluso cuando callaba. Los ministros hablaban como si él estuviera escuchando detrás de cada cortina, y quizá por eso nadie distinguía ya entre presencia y temor.
El Rey había acumulado tanto control, tantos favores, secretos y lealtades obligadas, que su figura parecía expandirse sobre el reino como una tormenta inmóvil. No caminaba: levitaba.
Había hombres más altos y más jóvenes, pero ninguno tan inmenso.
Porque la verdadera corpulencia del soberano no estaba en el cuerpo sino en su omnipresencia: estaba en los jueces que pensaban antes de fallar qué desearía el Rey; en los gacetilleros o escribas, que corregían adjetivos con tinta y por miedo; en los funcionarios que aprendían a respirar según el humor del palacio.
Como ciertos monarcas, había dejado de ser solamente hombre para convertirse en clima político atravesado por el miedo, las traiciones, la violencia y la paranoia.
Y en los reinos así, hasta el silencio termina obedeciendo. Un hombre agotado por sus propios fantasmas y por temporadas preso de extraños brotes donde confundía enemigos con espejos, llamó al príncipe en secreto.
-André -le dijo con voz que fingía enojo porque el Rey debe parecer cruel antes que quedar expuesto en alguna debilidad: arreglad esto… por el bien del reino.
Y aquella frase, “por el bien del reino”, era en Mendozueth la llave que abría todas las puertas y cerraba todas las conciencias.
Entonces el príncipe comenzó a mover sus hilos.
Llamó a nobles, jueces, consejeros y capitanes. Los mensajeros cruzaban el reino día y noche como cuervos llevando órdenes invisibles. Y ocurrió algo curioso: incluso quienes juraban detestar al príncipe comenzaron a defenderlo con una pasión conmovedora.
Hasta el notario real y guardián de sellos ajenos, Sir Pradin, era hombre tan hambriento de cercanía al trono que, por un lugar en la mesa de Malverik, habría entregado hasta los susurros confiados a su propia pluma. Pues no buscaba honra ni lealtad, sino el efímero resplandor de verse engrandecido ante el espejo adulador de los suyos. Y cuentan los heraldos del reino que visitó a Belencast, no para defender la verdad ni la justicia, sino para implorar que fuese retirada la acusación que pesaba sobre el príncipe André, creyendo quizá que tal gesto le compraría un asiento más próximo al fuego del soberano.
Porque en los reinos antiguos -como en los modernos- muchos hombres odiaban al poderoso… hasta que descubrían que podían necesitarlo mañana. Hasta los que parecían más radicalizados opositores al príncipe, que se hacían llamar “los simuladores de Mendozueth” como un modo de aparentar convicciones mientras solo administraban conveniencias.
Los vasallos más feroces visitaron al denunciante. Algunos hablaron con dulzura.
-Retirad vuestra acusación. El reino necesita paz.
Otros fueron menos poéticos.
-Hay listas negras para quienes perturban la armonía.
Y los más sinceros simplemente apoyaron la mano sobre la empuñadura de sus espadas mientras sonreían con brutal complacencia.
El escribano comprendió entonces que la verdad era un lujo difícil de sostener cuando uno deseaba seguir respirando. No porque la mentira resultara más convincente, sino porque el poder había aprendido a castigar incluso las verdades dichas en voz baja. En los salones del reino, los hombres no callaban por ignorancia: callaban por supervivencia.
Había visto jueces corregir sentencias antes de pronunciarlas, cronistas alterar fechas para que la historia no incomodara al soberano y consejeros que fingían sorpresa frente a desgracias que ellos mismos habían ayudado a construir. Comprendió que en ciertas cortes la verdad deja de discutirse; simplemente se vuelve peligrosa.
Entonces entendió algo todavía más oscuro: el problema no era que el Rey viviera rodeado de mentirosos, sino que cada uno de ellos había comenzado alguna vez diciendo apenas una pequeña falsedad para protegerse. Después vino otra. Y otra. Hasta que el reino entero terminó convertido en una representación donde todos simulaban normalidad mientras el miedo administraba el silencio.
Como en Macbeth, el castillo seguía en pie, pero moralmente ya estaba incendiado mucho antes de que aparecieran las llamas.
Así, una mañana lluviosa, se presentó ante el juez.
Tenía los ojos hundidos y la voz gastada.
Retiro la denuncia -dijo- que todo vuelva a la armonía.
El juez lo miró largamente. Hombre viejo, sabía reconocer el miedo porque lo había visto demasiadas veces disfrazado de prudencia.
Le resultaba evidente que los hechos denunciados eran reales. Todo encajaba. Todos lo sabían. Incluso algunos defensores del príncipe, en privado, admitían entre susurros que André Lombar jamás había sido precisamente un modelo de pureza. Nadie lo era en aquel reino.
Pero insistía igual: La estabilidad del reino vale más que la verdad, decía.
Y como ocurre tantas veces, la repetición terminó pareciendo razón.
El juez Balthazar de Elyor, cansado o resignado -que en ciertos hombres es exactamente lo mismo- dejó sin efecto la denuncia. Ahí entendió el Juez, que representaba la conciencia tardía, una figura central en muchas tragedias del autor inglés: el hombre que comprende la verdad cuando ya es demasiado tarde para actuar sin destruirlo todo. Sabía que la tragedia no nace de ignorar el mal, sino de verlo claramente y aun así terminar participando de él por miedo o resignación.
Incluso la atmósfera general del reino lo torturaba moralmente a Balthazar de Elyor: un reino donde todos sospechan, donde las lealtades son ambiguas, donde los enemigos íntimos son más peligrosos que los declarados y donde la palabra “armonía” funciona como máscara elegante de la cobardía colectiva.
Entonces estalló la celebración.
En los balcones del palacio, el príncipe levantó los brazos mientras él y sus seguidores gritaban como poseídos:
- ¡Mi nombre está limpio!
- ¡Mi nombre está limpio!
- ¡Mi nombre está limpio!
Y cuanto más gritaban, más necesario parecía seguir gritándolo.
Las plazas se llenaron de brindis. Los aduladores escribieron poemas. Los opositores vitoreaban mientras recibían sus ducados. Los heraldos anunciaron que la justicia había triunfado y que la armonía había sido restaurada.
Sin embargo, aquella noche el Rey mandó llamar otra vez al príncipe.
Lo observó en silencio y finalmente habló: André… si verdaderamente estuvierais limpio, no hubierais necesitado repetirlo tanto.
El príncipe sonrió incómodo, con la rigidez de quien simula un agravio.
Entonces el Rey añadió: Recordad esto: en política y en la vida, pocas frases resultan más sospechosas que aquellas que se anuncian a los gritos, como si el miedo pudiera confundirse con convicción.
Y cuentan las crónicas que, desde entonces, en Mendozueth, cada vez que un hombre proclamaba demasiado fuerte su inocencia, el pueblo murmuraba entre dientes:
—Miradlo… otra vez alguien gritando “mi nombre está limpio”
Por Sergio Bruni