El día que la Franja Morada desafió al poder

El domingo pasado publicamos una nota en donde contamos que a poco de asumir la democracia en 1983, la designación de un represor como jefe de la Policía de Mendoza desató una crisis interna en el radicalismo. Tuvo muchas repercusiones y avanzamos con un testimonio clave.

POLITICA

El domingo pasado, publicamos en El Medio un texto en el que recordamos que Santiago Llaver, cuando asumió en 1983, nombró como Jefe de la Policía a José Naman García, quien había estado al frente de la cárcel de Mendoza durante la dictadura militar y estaba acusado de reiteradas violaciones a los derechos humanos por la forma de tratar a los detenidos políticos. También publicamos algunos testimonios que así lo indicaban.

Muchas voces se comunicaron con El Medio para manifestar su repudio a la designación de Naman García por parte de Llaver, lo que indica que sigue sensible la fibra sobre algunos temas en esta Mendoza tan difícil de decodificar.

Así fue que nos pareció pertinente continuar el tema y escuchar el relato de María Elena Castillo, quien formaba parte de la Franja Morada por esos días y que se manifestó en contra de que Naman García fuera Jefe de Policía.

María Elena Castillo.

Hay que tener claro que la llegada de Llaver a la gobernación de Mendoza en 1983 prometía ser el amanecer de una nueva era. Sin embargo, para la militancia universitaria de la Franja Morada, la ilusión se estrelló contra una realidad inesperada: el nombramiento de Naman García como jefe de la Policía. García no era un desconocido; y como adelantamos, cargaba con un historial vinculado a la represión que chocaba frontalmente con las banderas de Derechos Humanos que el presidente Raúl Alfonsín intentaba institucionalizar.

"No nos esperábamos esa designación", recuerda Castillo. En el seno de la Franja Morada, el debate fue inmediato y la disyuntiva se instaló: ¿Debían ser el brazo sumiso del radicalismo a ver si lograban un cargo en el Estado, o tenían que marcar sus diferencias?

La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) había entregado a la militancia carpetas que detallaban vejaciones, torturas y el uso de la picana eléctrica contra hombres y mujeres en el penal de Mendoza que conducía Naman García. Con esas pruebas en la mano, Algunos jóvenes decidieron que el silencio no era una opción. "Era una cuestión de honorabilidad", dice Castillo.

La estrategia fue pública. En lugar de una negociación a puertas cerradas, la denuncia llegó a los medios de comunicación. El impacto fue un terremoto político para un gobierno que apenas llevaba días en el poder. Llaver se enteró de la “rebelión” de la Franja a través de la televisión y la radio.

Días después, se produjo el encuentro en la Casa de Gobierno. Llaver recibió a los referentes de la Franja y la Juventud Radical. El enojo del mandatario era evidente. "No podía entender por qué lo habíamos hecho público. Nos decía que la gente se olvidaría de esa designación, que había cosas más importantes", recuerda Castillo. Años después, queda la duda sobre si Llaver ignoraba el historial de García o si fue un error político de gravedad.

La osadía tuvo consecuencias inmediatas. El aparato represor, lejos de estar desmantelado, comenzó a hacerse sentir. "Empezaron a aparecer autos raros en mi domicilio, caras que se repetían en el micro cuando iba a la facultad", recuerda Castillo. La presión fue tal que su padre, temiendo por su vida, le pidió que se refugiara en Buenos Aires.

En la Legislatura, la denuncia contra Naman García terminó diluyéndose. La UCR impuso el número y desestimó el avance contra el Jefe de Policía que había realizado el Justicialismo. Para muchos jóvenes de 20 años, ese fue el fin del idilio político: "Sentí que había un fraude a la ciudadanía, que no estábamos honrando nuestra plataforma de Derechos Humanos".

Hoy, a la distancia, el relato se mantiene firme como un ejercicio de ética personal y colectiva. Para María Elena Castillo, la lealtad no era hacia un hombre o un cargo, sino hacia un "plexo de valores".

"Sigo creyendo que la movilización y la ciudadanía organizada es la forma de decirle a cualquier gobierno qué está bien y qué está mal", concluye. Aquella "rebelión" juvenil contra Naman García no fue solo un episodio político, sino el recordatorio de que, incluso en los albores de la democracia, la libertad tuvo que ser defendida desde adentro.

Lindo mensaje y ejemplo para los actuales miembros de la Franja.

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